El aleteo del picaflor le cosquillea el alma. Una pareja de chingolos ejercita la seducción. Esparcen los trinos en su corazón. La alegría canta en la luz del día. Despereza la mañana en sus brazos. Un ramillete de reinas moras encintas desayunan un canto. Piensa que a su edad debería dar gracias por ese caracol de la dicha que le camina la piel. El trajinar de los vehículos no logra empañarle los pensamientos. Por eso le sorprende esa baraúnda que ahora lo rodea. Un escalofrío lo sacude. Trata de conservar la calma. Pero el miedo es más fuerte. Un espanto de plumas echa vuelo. La soledad lo emponcha bruscamente.

La bulla de los motores taladra el aire. Reventón de lágrimas. Astillas estallan. El dolor se amotina en su cuerpo. El bisturí neumático lacera con parsimonia los dedos, los brazos, las uñas… Tortura. Ni la piedad se apiada de su calvario. Los ojos cansados no logran identificar a esos mentores de la crueldad. Ellos profundizan la saña hasta quebrar sus miembros, que caen pesadamente en la enramada de la desesperanza. Lo acusan de ser refugio de malvivientes. De recolectar botellas… Indefenso, ve rodar hasta los cogollos de vida nueva. Unos quieren mutilarlo. Otros directamente, desaparecerlo. No respetan su nobleza centenaria y hablan de celebrar el bicentenario.

La maldad tiene nombre. También apellido. Simpatizantes. Busca la mirada solidaria de sus vecinos de enfrente. Quizás están distraídos. Fernando sigue pensando si fue correcto trasladar a San Miguel, desde Ibatín a este “jardín”, en 1685. Don Nicolás masculla tal vez indignado al ver una clase dirigente próspera y un pueblo al que no le alcanza el peso.

Le alza una oración al Manco de Lepanto. Tal vez él pueda protegerlo de la necedad humana. Gritos vecinales salen en su defensa. Ahuyentan a la muerte. En el pasaje Miguel de Cervantes y avenida Mate de Luna, seguramente un hombre de La Mancha ha logrado sacarle por ahora la soga del cuello a la joven senectud de un gomero.